3.2.14

Bandera: simbolo de culto

MÓNICA MENDOZA / Publicada el 02/02/2014 05:20:42 a.m.

La memoria es una parte fundamental de la simbología. Sin la memoria, la identidad se pierde, advierte el historiador Enrique Florescano.

Solemnidad, exaltación, veneración, deber..., en esos términos se definen, en la ley vigente sobre los símbolos patrios, los honores y el culto cívico que deben rendirse a la bandera nacional cada 24 de febrero.

Como símbolo de independencia, unión, e igualdad, ha servido para identificar a la patria, la nación y al Estado desde que nació la República en 1824. Su escudo, el emblema de poder del antiguo imperio mexica, sobrevivió a la Conquista, el Virreinato y a las luchas entre facciones políticas, y se colocó en el centro de un símbolo que representaba a una nación mestiza.

El historiador Enrique Florescano Mayet encuentra en esa supervivencia una situación paradójica: la bandera y el escudo perduran, pero las antiguas ideas de patria, nación y Estado, forjadas por el liberalismo del siglo XIX y el nacionalismo del siglo XX, se desmoronan.

Además del Himno Nacional, la bandera y el escudo son lo único que queda frente a los valores individualistas impuestos por el neoliberalismo –sostiene el investigador– y ante los reclamos de grupos sociales excluidos, como los indígenas, las mujeres, los trabajadores, que han exigido el reconocimiento de sus derechos y revelan la existencia de una nación diversa, heterogénea y desigual.

Para el historiador, celebrar a la bandera el 24 de febrero es rendir culto al emblema que, por su antigüedad, historia y representatividad, todavía es eficaz como imagen de la patria.

Un símbolo mítico

Los símbolos identitarios son siempre un instrumento político –argumenta Florescano– ya que buscan unificar la diferencia, darle unidad a la diversidad.

La historia de la bandera mexicana es un ejemplo de ese fenómeno. Su significado navega entre los episodios que en la memoria colectiva son los fundadores de una nación, un imperio, o un Estado –la guerra, la conquista, la independencia, los cambios de régimen–, y los mitos que se remontan a épocas milenarias, que son las primeras manifestaciones de arraigo a una entidad, a una "tierra", a una "patria".

El historiador nacido en Veracruz, investigador desde hace más de cinco décadas de los mitos mesoamericanos, se traslada en el tiempo hasta la época prehispánica para hacer comprensible el poder que aún conserva la bandera como elemento identitario.

–El símbolo del águila sobre el nopal es el más antiguo de los símbolos nacionales y de la identidad mexicana; se constituye en 1323 y desde entonces hasta ahora está vivo –afirma–. Según el mito, los pobladores que migran desde Aztlán lo encuentran en medio de un lago como les había indicado su sacerdote, y la historia de la fundación de Tenochtitlán se convierte en su rasgo de identidad.

La historia de la migración, sintetiza Florescano, se suma a la idea de la tierra como el símbolo de integración social, étnica y política que tenían los antiguos pueblos mesoamericanos. Los aztecas, un pueblo guerrero, crean una nueva identidad política que llega a convertirse en un imperio por la fuerza de las armas.

–Ese gran poder –señala– se asienta en el símbolo del águila y el nopal. Los ejércitos mexicas lo llevan siempre como bandera y lo reproducen en todos los lugares a donde llegan y cuando dominan otra población.

Con la conquista española, el antiguo imperio que se impuso sufre la derrota, pero entre 1521 y 1750 sucede un fenómeno que maravilla al historiador: un combate permanente, que no se había visto, entre los símbolos de la identidad mexica, ya asumidos por otros pueblos, contra los símbolos españoles.

En iglesias, mapas y cartas, en el mismo escudo de la Ciudad de México, se reproduce una y otra vez la figura del águila y el nopal contra la voluntad de los propios gobernantes que representan a España: el águila devorando una serpiente encima de un castillo medieval español; el águila flanqueada por dos leones; el águila en el atrio de un convento; el águila coronando una fuente en la plaza mayor frente a la puerta del Palacio Virreinal; el águila debajo de la virgen de Guadalupe...

Así puede apreciarse en las imágenes que ilustran los libros de Enrique Florescano: La bandera mexicana: breve historia de su formación y simbolismo (FCE, 1998) e Imágenes de la patria a través de los siglos (Taurus, 2005).

–¿Cómo se explica que ese símbolo haya sobrevivido? –se le cuestiona.

–Porque se mezcla con otras tradiciones, se transforma. Se convierte en una mezcla de lo antiguo con lo nuevo y logra imponerse como símbolo de identidad en una sociedad muy diversa sólo cuando se asocia con el símbolo cristiano de la virgen. Eso es lo curioso, de otra manera hubiera sido vencido –advierte.

Independencia y unidad

Conociendo la historia, no sorprende que en 1810, cuando el cura Miguel Hidalgo y los insurgentes se levantaron en armas, utilicen el estandarte de la virgen de Guadalupe. Para entonces, en especial para los criollos, era el emblema de los nacidos en tierras americanas, la representación de lo auténtico, la protectora de la Nueva España. Fue el mito que armonizó el pasado indígena con la tradición cristiana y que ayudó a legitimar la causa independentista.

En el famoso Sermón guadalupano de 1794, Fray Servando Teresa de Mier argumenta una supuesta evangelización de las tierras americanas previa a la llegada de los españoles, cuestionando la legitimidad de la conquista. El patriotismo criollo envuelve, así, su concepto identitario con el "prestigio inconmensurable de la duración".

–Ambas tradiciones, en el proceso de independencia, se combinaron con el liberalismo, y en 1824, con la promulgación de la Constitución, la bandera se convierte en el símbolo de la República y la representación de un nuevo Estado fundado en los ideales de igualdad y unidad –explica el historiador.

Antes, el 24 de febrero de 1821, Agustín de Iturbide promulga el Plan de Iguala –que proponía la unión de las élites novohispanas, militares e insurgentes– y adopta la bandera de las tres garantías, la primera con los tres colores, pero en franjas diagonales y con una estrella cada una, símbolo de la religión, la independencia y la unión.

El militar criollo, artífice de la consumación de la independencia, no será reconocido como padre de la patria; pero la entrada "triunfal" del Ejército Trigarante, el 21 de septiembre de 1821, en medio de un despliegue de banderas tricolores, será inscrito en la memoria colectiva como la primer ceremonia patriótica del México independiente.

En un decreto del 2 de noviembre del mismo año, Iturbide establece que la bandera lleve los mismos colores, dispuestos en el orden actual y con el águila sobre el nopal al centro, con las alas caídas y la corona imperial. Desde entonces –recapitula Florescano– el escudo se ha transformado por las circunstancias históricas: el águila republicana, el águila imperial, el águila juarista, el águila porfirista, el águila posrevolucionaria.

–Lo que revela esta historia es que hay una continuidad en el apego a los símbolos patrios, pero también que es falso que exista una identidad permanente o única –sostiene.

Esto se hace visible no sólo en las imágenes, sino en la realidad.

–Nosotros entramos al siglo XIX como un Estado nacional, imitando y copiando lo que había surgido ya en Europa y Estados Unidos: la idea de integrar una República donde todos los ciudadanos eran iguales o debían de ser iguales, pero se va cambiando porque, ¿todos iguales? –se cuestiona– pues no.

–Unos tienen más derechos que otros, los que tienen la propiedad, por ejemplo. Los indígenas, las mujeres, ellos no tienen los mismos derechos –añade.

Crisis y colapso identitario

La Revolución mexicana inauguró una de las épocas de mayor sentimiento nacionalista. Las aspiraciones de los sectores más desprotegidos se veían reflejadas en la Constitución de 1917 y los símbolos patrios representaban un nuevo proyecto político, una utopía social. La herencia prehispánica se revalora como un pasado glorioso y las instituciones educativas inculcan la idea de una nación mestiza, con una identidad común.

–Este nacionalismo se transforma por los procesos políticos y sociales del siglo XX, y se termina por cambiar la antigua idea de ciudadanía –apunta Florescano.

El fracaso del corporativismo, los cuestionamientos al Estado centralista, el reclamo de libertades democráticas, los reclamos autonómicos y la adopción de modelos económicos y sociales excluyentes llevaron a que los símbolos patrios perdieran visibilidad.

–Ahora cada quien lucha por intereses individuales o de grupo, el liberalismo económico ha presentado una propuesta contraria totalmente a las ideas de integración, igualdad de derechos y deberes; lo que dice el Himno Nacional: "dar la vida por la patria", ya no es posible, esas nociones están en crisis –señala.

–¿Debemos lamentarlo? –se le interroga.

–Yo no lo lamento... ¡es una realidad!, porque los derechos nuevos han creado también una situación nueva. Pero tenemos que repensar nacionalmente cómo integrar intereses tan opuestos sin dejar de reconocer la diversidad.

–¿Y qué significa celebrar el 24 de febrero?

–Todas las fechas las tenemos que celebrar para darle sentido al pasado, no podemos olvidar, se tiene que repetir el acto de fe. Celebrar el 24 de febrero es un culto, pero la repetición es obligatoria si se quiere conservar algo. La memoria es una parte fundamental de la simbología. Sin la memoria, la identidad se pierde –concluye.